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El tiempo reversible de Umbral

EL PLACER DEL TEXTO

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Máster José Eduardo Mora

“El tiempo reversible”: ese es el título del nuevo libro de Francisco Umbral, quien en su día llegó a ser el mejor columnista de la lengua española, con sus columnas en El País y en El Mundo.

Que a ocho años de su muerte una editorial pequeña como Círculos de Tiza se haya aventurado a recuperar varios de los textos de este genial periodista y escritor, habla muy bien de escribir en la prensa, no ya para el ahora, sino que también para el mañana.

En efecto, las columnas de Umbral si bien estaban ambientadas en la actualidad de su entorno, en realidad su manejo del lenguaje, sus atrevimientos, sus meandros semánticos y todo ese juego con el placer del texto, hacían que sus columnas gozaran de una exquisitez inusual.

Solo por sus columnas, me atrevería a decir, Umbral hubiese merecido el Cervantes, pero, claro está, que a ese premio lo respaldaron sus más de cien libros, entre los que estaban sus novelas y sus memorias periodísticas.

En esa vasta producción, fue “Mortal y rosa”, la historia poética de lo que representó la muerte de su único hijo, la que lo catapultó a un primer plano de la literatura en España.

Ese dandi madrileño, de niñez en Valladolid, con su melena de león urbano, sus gafas de miope, su vozarrón incorregible y su afán siempre alerta para cazar al vuelo el giro y la frase que harían de su columna un prodigio día a día en la prensa, siempre fue un periodista de lo intrascendente, de lo pequeño, de lo invisible, lo que a la postre se impone a los grandes acontecimientos del aquí y el ahora.

El periodismo de la actualidad es para la prensa lo que el aire a la vida, pero el otro periodismo, el que atiende lo inactual, el que profundiza por medio de la columna, el reportaje, la crónica y el análisis, ese el que salvará a la profesión en este mar de información que predomina en los tiempos de Internet.

“El tiempo reversible” es una buena muestra de que la buena prosa periodística, como la de José Martí o Rubén Darío, nunca muere ni pasa de moda.

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Francisco Umbral fue toda su vida periodista y columnista.

La mona del estadio

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New-José Edo
M.Sc. José Eduardo Mora

[/one-half-first][one-half]A la señora se le salió el racismo por los poros, por el corazón, por los brazos, por los pies, por los ojos, por la nariz, por la respiración, por todo lo que ella era y trataba de no ser, porque parecía ser buena parroquiana, de mi misa los domingos a las seis, para que no compitiera con el partido.[/one-half]

Y sí, ante la estupefacción de sus vecinos de grada, se puso en gesto de salida y comenzó a gesticular como un macaco para que las cámaras captaran su perfomance, como diría un crítico de teatro joven, y ahí estaba ella, con sus brazos a la altura de la cintura, su cuerpo pesado y su alma de mona, dándole a la prensa un material explosivo para las redes sociales.

ENTRE PARÉNTESIS

El gesto iba contra Mamadou Koné, ese número nueve negro del Racing de Santander originario de Costa de Marfil. El triste espectáculo sucedió en el partido de El Llagostera-Racing y de inmediato el equipo casa prohibió de por vida la entrada de la señorita simiesca, con toda su kinésica de la selva y su olor a rancio racismo, en la Europa que se desangra entra la crisis económica y la crisis de identidad.

El cuento, no obstante, no acaba con la sanción adoptada por el Llagostera, sino que más bien ahí empieza, porque resulta que la señorita simiesta, que hubiese sido un buen partido como modelo para Picasso o Botero, era empleada en el museo del Barcelona.

Y sí, el verbo ha de ir en pasado, porque apenas vieron a esa mona danzar sobre su cuerpo pesado, le recetaron el código de ética de 2010, porque en el Barcelona esas bailarinas no tienen cabida.

Magnífico gesto el del club azulgrana, que en Costa Rica debería imitarse, dado que de cuando en cuando aparecen esos aficionados, que, escondidos en la multitud, se transforman en monas y simios de su propio ser.

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Mandela fue un gran luchador contra el racismo.

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La soledad en los tiempos de Internet

ENTRE PARÉNTESIS 

New-José Edo

¿Puede una frase, una sola frase, evocar en un instante una novela entera? ¿Y de seguido una vida que pasa por el tamiz veloz e implacable del tiempo? La muerte, esa oscura presencia que tanto evitamos, a veces obliga a declaraciones tan contundentes que son en sí mismas una novela, una historia de vida que arrastra desengaños, tantos desengaños como para morirse de soledad.

José María Dols Abellán, conocido como Manzanares, un diestro que arrancó múltiples aplausos en las plazas de toros más reconocidas de España, ha muerto, y aunque murió de muerte natural, como diría García Márquez, la verdad es que lo mató la soledad como dijo uno de sus amigos.

La falta de conexiones reales, afuera Facebook, What’ssap, Twitter, Instagram, y todas la yerbas que aluden a las conexiones en línea, está matando más gente que el ébola, la obesidad, la bebida y el fumado.

Josemari ha muerto de soledad; no abandonado, pero sí solo e infeliz”, dijo uno de sus pocos amigos, según la crónica de El País, pocas horas después del fallecimiento del torero en su finca de Extremadura.

Una frase como la citada me embrujó hace unos años y no pude parar hasta escribir una novela: Las maravillas de abril, que espero publicar pronto, tras dejarla reposar unos años.

Esas joyas las busco con pasión en el periodismo del bueno, que es cada vez más escaso, pero esta crónica de Antonio Lorca es en sí una especie de poema en prosa, quizá el mejor homenaje a este torero que jamás vi en acción, pero por cuya biografía, repasaría instante a instante su carrera.

“Allí, en la finca extremeña, acabó, sobre todo, un torero privilegiado, nacido para la gloria, un creador de belleza, referencia fundamental de la compostura, el gusto, la calidad y el sabor torero; un hombre atractivo, dotado de una gran elegancia y un natural poder de seducción; un consumado artista, indolente, también, inconstante, conformista y de escasa ambición”.

Tras la fama, la riqueza, las mujeres, los desencuentros, sobrevino el silencio y el olvido, y José María Manzanares, como el José Inocencio Leal de mi novela, murió de soledad.

Ficción y realidad: un camino con dos vertientes.

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El torero José María «Manzanares», un grande en su campo en España.

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La mujer del súper

Escrito por José Eduardo Mora

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LLEVABA un vestido verde con puntos negros en círculos reiterados que recorrían de arriba a abajo toda su geografía.

La primera vez que nos topamos pasó con su carrito a una velocidad moderada y necesaria para cuando hay un alto tránsito de compradores. Reconozco que en este primer encuentro no me impresionó, aunque me llamó la atención que se rebelara contra las modas femeninas y usara un vestido, en contra de los jeans y las “t-shirts” de marca.

Seguí entonces con mi plan y me moví al lado de las frutas y las verduras y de pronto pasó ella de nuevo: contorneaba su cuerpo sin proponérselo y fue cuando descubrí sus piernas jóvenes y firmes, y empecé, por lo tanto, a demorarme en la escogencia de las uvas, de la papayas y de las manzanas.

Pasé con alguna demora a las verduras y mientras observaba los ayotes la vi de reojo y me sorprendió su cara joven, que no parecería encajar en una mujer que hacía poco, pensé, había alcanzado sus 33 años.

Aquellas piernas hubieran sido muy celebradas por el maestro Enrique Jardiel Poncela, quien se hubiera olvidado por un instante de sus misoginias quevedianas, y, estoy seguro, habría sacado varias greguerías de su chistera para homenajearla aunque fuera en voz baja y sin que nadie lo advirtiera.

Dada la situación circulé como correspondía a las carnes, en busca de un pollo para esas sopas nocturnas de verduras escasas, y para mi sorpresa ella pasó cerca de nuevo en pos de los pescados. A esta altura ya no sabía qué me había impresionado más: si sus piernas sólidas como torres o su vestido verde de puntos negros, cuyos círculos parecían girar en una atmósfera que rompía con lo cotidiano y absurdo del súper.

Confieso que apresuré la marcha para coincidir con ella en “los pescados” y ahí pude mirar el anillo que llevaba en ambas manos con la esperanza innecesaria de confirmar su soltería, pero he de aceptar que jamás he distinguido un anillo corriente de uno matrimonial, y entonces pensé que lo más probable era que su señor marido la estuviese esperando en el carro, o su novio, o su querido, vaya, la mujer puede escoger, pensé, o los tres estarían por ahí, cada uno sin saberlo, dando vueltas para esperarla a la salida del súper.

Dispuesto a no perderme la “bronca” que se avecinaba con los tres pretendientes al ataque, aligeré de nuevo mi paso por el área de panes y tuve la suerte de que el azar nos reuniera en el área de cajas. Por esa raras coincidencias, la compradora de adelante se tenía un lío tremendo con los envases de agua y mientras se decidía a llevar uno u otro, aproveché para mirar su cuerpo de venada joven.

En efecto, tenía unos ojos de avellana, una nariz aguileña discreta, el cabello negro a la altura de los hombros y unos labios finos y seguros. Parecía estar libre de ansiedades y por la serenidad que transmitía empecé a dudar de mi teoría de los tres pretendientes.

A lo mejor ella, pensé, había leído por error a Manuel Rivas, debido a que me daba la impresión de que no había leído más que los libros de texto obligados del colegio, y antes de dar el sí definitivo ante el altar, se acordó de aquel pasaje de uno de sus artículos, en los que el escritor gallego se preguntaba, asombrado, claro está, cómo dos seres libres en el mundo iban por su cuenta y gozo a jurarse amor eterno frente a un cura pardillo que sabía que la ceremonia era risa, circo y canto, pero nada más.

Lo rebelde ahora es casarse. Es de un romanticismo insensato y temerario. Cuando dos personas anuncian ese propósito a sus familiares o amistades, se produce un silencio luctuoso similar al de la naturaleza en vísperas de una catástrofe. Nadie brinda por ti. Lo que más puedes esperar es un abrazo de pésame y unas lágrimas de conmiseración.

Creí, entonces, que esta chica que parecía ser administradora, podría, en un acto milagroso, haberse topado con este Manuel Rivas irónico e imaginativo y al pie del altar había dado un paso atrás.

Como la caja no avanzaba me cambié a la de al lado, de ahí incluso podía mirar mejor a la chica del vestido verde con puntos negros para sacar mis últimas conclusiones antes de que se produjera la tragedia de los tres amantes fuera del súper.

Vi, entonces, que en su pie izquierdo tenía dos pequeñas heridas, casi imperceptibles, pero que denotaban algún apuro en la hora del baño o en algún ejercicio sabatino.

Pensé por un instante con alertarla sobre la posibilidad de los tres amantes en las afueras del súper, pero mi timidez me lo impidió; no obstante, por primera vez, le di pie para que me pillara observándola.

Desvié la mirada y confirmé que me precedían dos compradores, y volví a observarla por aquello de que a la salida se arma el desmadre del siglo y me culpara toda la vida por no haberla salvado de sus tres insensatos pretendientes, pero le di ventajas y pudo comprobar, de nuevo, que la veía con atención.

Pagué y me encontré con una noche en calma y sin las torrenciales lluvias de julio, y cuando daba vuelta en el parqueo para salir a la carretera, me pareció ver que ella acomodaba su mercadería solitaria y entonces caí en la cuenta de que no solo mi teoría era errónea, sino que tal vez esa mujer del vestido verde nunca existió, y que la fui construyendo en mi imaginación mientras compraba las verduras, las pastas, los atunes y los demás alimentos para retornar sin prisas y en silencio a mis cuarteles de invierno, y comprobar, esta vez con la mayor certeza del mundo, algo que sí es cierto y endemoniadamente triste: la Maribel Verdú sale todas las noches a cenar con su marido.

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«Escribir bien es un buen negocio»

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Alex Grijelmo es autor de valiosos libros sobre el idioma como La seducción de las palabras

Es sorprendente la capacidad de escribir mal de maestros, profesores, periodistas, abogados, médicos y un sin fin de profesionales más. Es como si un nuevo fantasma recorriera el mundo y lo prudente y lo orgulloso fuese el escribir sin la más mínima corrección.

Ya no da vergüenza escribir con descuido y con horrores ortográficos, y sin ningún pudor se hace alarde de una ignorancia idiomática extraordinaria.

Es probable que el “fenómeno” de la escritura desastrosa le daba mucho a Internet y a los sistemas escolares cada vez más alejados de las humanidades. Lo cierto del caso, sin embargo, es que, como decían alguien por ahí, : hay quienes se casan porque no saben distinguir entre un “si” condicional y un “sí” afirmativo.

La epidemia recorre el ciberespacio, los mensajes de celulares, las pizarras de las escuelas y deja una estela de frustración y engaño.

Ante esa avalancha, que parece irreversible, no queda más que el consuelo de la utopía. Por eso volvemos a publicar esta entrevista realizada en agosto de 2009 al periodista y estudioso del idioma Álex Grijelmo, actual presidente de la Agencia de Noticias Efe.

Álex Grijelmo (Burgos, España, 1956) sería capaz de ir al confín del mundo para rastrear el origen de una palabra y conocer así sus genes y el aroma en que se engendró.

Por eso cada vez que en España un político nombra a un alumno  “unidad de módulo educacional” o se refieren a un paciente como “unidad elemental de atención sanitaria”, sabe que su lucha por defender el idioma es una batalla sin par.

De igual manera, se habría escandalizado al percatarse de que en Costa Rica un ministro, en una misma frase y sin ningún pudor, hizo “lucirse” a un futbolista, al que también “campeonizó”.

Autor del Libro de Estilo de El País, de Defensa apasionada del idioma español, El genio del Idioma, La gramática descomplicada y El estilo del periodista, entre otros textos, a Grijelmo, actual presidente de la agencia EFE, lo desborda su pasión por la palabra.

Internet, la destrucción diaria del idioma, la importancia de escribir bien, el lenguaje inclusivo y la necesidad de que el español supere su sentimiento de inferioridad respecto al inglés, son algunos de los temas tratados en la entrevista.

¿Ha podido leer algún “cartel, rótulo, aviso, indicador, comunicado, anuncio, prospecto… o periódico”, “con la más sencilla corrección ortográfica”?

–Lo que he leído últimamente son mensajes publicitarios que llegan a mi teléfono celular y que tienen una ortografía y una sintaxis deplorables. No pienso contratarles nada, porque nunca me fiaré de una compañía que se comunica tan mal. También me enfada que me llegue publicidad no solicitada, pero eso es otro asunto.

¿Cuáles son las razones por las que se escribe tan mal?

–Yo creo que se debe a una inadecuada formación  en la enseñanza primaria y secundaria; y que eso sucede más en España que en América.

En una coyuntura en la que los periódicos salen con horrores y errores, hay una tendencia a prescindir de los filólogos. ¿Qué opina de esto?

–Supongo que se debe a la economía de costes. Pero, en cualquier caso, lo periodistas deberían escribir bien sin necesidad de que alguien les corrija la ortografía.

Abogados, periodistas, articulistas y escritores, incluso, hacen gala de un mal uso del lenguaje. ¿En qué etapa considera que se empieza a gestar el gran problema con el idioma? 

–La relación con el idioma empieza en la infancia, y ahí se puede hacer mucho para que el niño se familiarice con las palabras y con la capacidad que tienen para construir historias. Un niño al que se le leen cuentos y al que se anima luego a leerlos por sí mismo será ya una persona diferente, con capacidad para la abstracción y para el dominio de las exposiciones ordenadas, con capacidad para comprender mejor la realidad y también para convencer a los demás.

En sus  libros ha manifestado su especial relación con el idioma. ¿Cómo surge en Grijelmo ese amor por el castellano?

–Surge por el amor a mi profesión. El periodismo se basa en la palabra, y la pasión por el periodismo me llevó a la pasión por la palabra. Incluso las imágenes necesitan palabras, y nadie abre en Internet un vídeo si no sabe previamente de qué trata. Lo primero es la palabra. También en los productos multimedia.

En los medios de comunicación es donde se libra la gran batalla del lenguaje, debido a su deficiente empleo. En ese sentido, ¿cómo mejorar el idioma desde los medios?

–Para empezar, hace falta que los propietarios sientan esa necesidad. Si el dueño de un medio no considera que la calidad en la escritura forma parte del rigor y el crédito de un medio de comunicación, no hay nada que hacer. Los propietarios deben entender que escribir bien beneficia a su negocio.

En Internet predominan las “arrobas”, las palabras mutiladas, las jergas ininteligibles. ¿Qué hacer con la red?

–La Red es como la calle, hay de todo. No creo que Internet sea el origen de los problemas, sino solo su reflejo.

Existe una tendencia al uso de anglicismos y pareciera que Internet promueve este uso. ¿De qué manera se puede combatir dicha situación? 

–A mí me parece que el uso de anglicismos es un termómetro que nos marca nuestro complejo de inferioridad cultural. El día en que nos sintamos más fuertes en nuestra identidad y compitamos de igual a igual con el mundo anglosajón, usaremos menos anglicismos. Ahora mismo es evidente que en el terreno económico y técnico sufrimos una dependencia del mundo anglosajón; pero no en el cultural. En la medida en que seamos conscientes de esto último, daremos más valor a nuestra lengua. Los anglicismos no son un problema, son el reflejo de un problema.

¿Cuál “animal político”  pervierte más el idioma entre abogados, periodistas, políticos y economistas?

–El periodista, porque asume las jergas extrañas de todos los demás que ha citado.

¿Cuál es su posición respecto al lenguaje “inclusivo”? 

–A diferencia de lo que opinan otros, yo creo que el lenguaje no es la realidad, sino una representación de la realidad, como escribió el filósofo español José Antonio Marina. Si actuamos sobre la representación de la realidad, no conseguiremos gran cosa. No se debe actuar sobre el espejo, sino sobre lo que se mira en él. Y la realidad cambia sin que cambien las palabras que la representan, así que el problema no está en las palabras. Ahora llamamos “llave” a una tarjeta que nos dan en el hotel. Ha cambiado la realidad, porque manejamos una tarjeta, un plástico, pero no ha cambiado la palabra que la representa. Así que expresiones como “seis policías detuvieron a los atracadores” (que hasta hace poco solo habría representado a seis hombres) pueden alterar su significado por el solo hecho de que se altere la realidad, de modo que en el futuro dentro de la expresión «seis policías» imaginemos hombres y mujeres.

Por eso no estoy de acuerdo con quienes insisten tanto en cambiar las palabras. Yo prefiero cambiar la realidad, porque una vez que se cambie la realidad las palabras se acomodarán a ella. Como sucede con “llave”. Ahora bien, comparto las intenciones del movimiento feminista, aunque mantenga desacuerdos sobre esta cuestión. Desacuerdos meramente lingüísticos. Tal vez equivocados, pero lingüísticos. Por otro lado, la duplicación «ciudadanos y ciudadanas» es insostenible más allá de una frase. Ningún profesor diría “los niños y las niñas que sean buenos y buenas serán aprobados y aprobadas”.

Sostiene en sus libros y artículos que el idioma se rige por la democracia del pueblo. En ese sentido, ¿cómo califica la función de la Real Academia Española? 

–La Academia ha adoptado un papel que consiste en observar lo que hace el pueblo, para asumirlo como norma. Sin embargo, yo creo que debería poner más el acento en lo que hace el pueblo y algo menos en lo que hacen los periodistas. Los periodistas hemos inventado un dialecto propio que no es el del pueblo. Eso lo decía ya Fernando Lázaro Carreter, el anterior director de la Academia, y estoy de acuerdo con él.

¿Es optimista respecto al futuro del castellano en España y América Latina?  

–No me preocupa nada el futuro. Lo que me preocupa es el presente, y ese complejo de inferioridad ante el inglés. Si uno se siente superior a otro, no por eso es realmente superior. Pero si uno se siente inferior a otro, es realmente inferior desde ese mismo momento. En el futuro se arreglará eso, pero ahora es lo que tenemos.

Publicada en agosto de 2009.

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JoséEdo-machote